COPs: HECHOS PARA DURAR (Parte 1)

Insecticida a base de DDT
Quizás uno de los COPs más conocidos
Fotografía de "Desinsectador"
A todos los que trabajamos en el mundo ambiental se nos pone la carne de gallina cuando oímos hablar de estos compuestos químicos tan peligrosos.

Conocidos como COPs (Compuestos Orgánicos Persistentes), o como POPs en inglés (Persistent Organic Pollutants), estas sustancias son sinónimo de problema ambiental grave, mucho más común y cercano de lo que nos podemos imaginar, y que en su día dio origen a una de las lecturas obligatorias en el mundo ambiental: "Una primavera Silenciosa" de Rachel Carson.


¿Qué son y por qué semejante alarma?


Los Compuestos Orgánicos Persistentes (COPs) son un grupo de sustancias químicas, de carácter orgánico, la mayor parte diseñadas por el ser humano para diversos usos, que han terminado por convertirse en un grave riesgo ambiental y de salud.

Su capacidad para generar daños en el medio ambiente y los seres vivos se basa en la conjugación de tres propiedades fundamentales que les hacen presentar la peor combinación de cara a su peligrosidad. 

Sobre estas mismas propiedades, se confabulan además una serie de características habituales que, en algunos casos concretos, hacen de estas sustancias un auténtico quebradero de cabeza por su impacto ambiental y su peligrosidad.

Las propiedades que definen fundamentalmente a este grupo de contaminantes son:

→ Persistentes:

Como bien indica su propio nombre, la persistencia en el entorno es una de las principales propiedades de los COPs, conferida habitualmente por ser compuestos del tipo organoclorados, y por lo tanto disponer de un enlace fuerte C-Cl que les confiere propiedades muy estables.

Estos compuestos, en la mayoría de las ocasiones, han sido precisamente diseñados por el hombre con la intención de que no sean fácilmente degradables y su uso se pueda prolongar en el tiempo sin afectar a sus estructuras ni a su composición, y por lo tanto manteniendo su funcionalidad.

Esta propiedad de alta durabilidad con la que se diseñan, es precisamente uno de los principales vicios de estas sustancias, ya que son capaces de permanecer inalteradas en el medio ambiente durante mucho tiempo, algunas incluso décadas, lo cual les permite:

  • Incrementar exponencialmente su capacidad de generar daño con el paso del tiempo, más allá de los fines para los que originalmente fueron diseñados. 
  • Transportarse largas distancias y aparecer en los confines más remotos del planeta, lo que les termina convirtiendo en un problema global con independencia de donde se utilicen.

Directamente relacionado con este último punto, el de su transporte a largas distancias, podemos encontrarnos con otra propiedad muy habitual en los COPs, que podríamos denominar como una volatilidad media (en base a su presión de vapor), que les permite tener un efecto de evaporación / deposición que fluctúa en base a las temperaturas habitualmente dadas en la troposfera (con ciclos que van de los 15ºC a los 30ºC).

De esta forma, cuando se dan altas temperaturas muchos de los COPs se evaporan y son transportados por las corrientes atmosféricas. Cuando llegan a cotas más altas su enfriamiento produce una condensación que hace que se depositen de nuevo, incluso a kilómetros de la zona donde se utilizaron la primera vez, generando un efecto de salto muy característico que, como decíamos, los convierte en un fenómeno global

Estudios empíricos realizados sobre COPs como el Pentaclorobenceno (PeCB) o el Diclorodifenil Tricloroetano (DDT) has demostrado superar incluso los modelos de dispersión más pesimistas, y se han detectado transportes de los químicos que han llegado a superar los 13.000 km respecto a su lugar original de aplicación.

Por otro lado, la persistencia de los COPs los puede llevar a perpetuarse en el medio durante muchos años, llegando en algunos casos a permanecer décadas en el mismo, o incluso a acumularse en reservorios naturales protegidos de su degradación hasta su reincorporación o movilización, como por ejemplo sedimentos, zonas heladas, etc.

Algunos COPs, como el clordano o sus productos de descomposición, igual de tóxicos que este, se han llegado a encontrar en los suelos hasta 20 años después de su aplicación, en trazas perfectamente detectables, mientras que otros como las dioxinas se han datado en persistencias de hasta 60 años.

Esta misma persistencia y capacidad de transporte, es la que ha hecho que se hayan podido encontrar trazas de COPs en sitios tan recónditos como la Antártida, donde nunca nadie jamás se lo podría haber esperado, demostrando así la globalidad del problema. 

→ Bioacumulables:

Los mismos enlaces organoclorados de los COPs confieren a estas moléculas una mayor afinidad para su disolución en medios hidrocarbonados que para su incorporación al agua. Si bien esta baja solubilidad en agua podría parecer en principio una buena noticia de partida, pues evidentemente los COPs son compuestos poco lixiviables, no podemos echar las campanas al vuelo, pues su afinidad por los medios hidrocarbonados implica también una tendencia a su absorción en los tejidos grasos de los seres vivos.

Este potencial de disolución en grasas y su imposibilidad de eliminarse mediante su disolución en agua, o su escasa degradación y una elevada persistencia, hace que los COPs tengan una alarmante capacidad de bioacumularse en los seres vivos con el paso del tiempo.

Para medir esta capacidad de bioacumulación se usa habitualmente el conocido como factor de bioconcentración (BCF), que compara la concentración existente en el entorno (biota) con la concentración que se encuentra acumulada en las grasas de los seres vivos en estudio. De esta forma, y aunque este factor puede cambiar en función de cada ser vivo, podemos encontrarnos que los COPs tienen un BCF que puede estar entre 5.000 y 100.000 (veces más concentrados en el ser vivo que en el exterior).

También es un indicador útil el coeficiente de partición octano/agua (Kow), directamente relacionado con el anterior, que mide la afinidad de un compuesto químico por unirse al octanol o al agua en una misma solución en equilibrio. Al igual que en el caso anterior, a valores más elevados el compuesto tendrá mayor capacidad de bioacumulación, estando los COPs entre 5 y 12.

Esta capacidad de bioacumulación se agrava aún más si tenemos en cuenta que una de las potenciales vías de entrada de estos compuestos, dada la bioacumulación en los tejidos de los seres vivos, no es ya el contacto directo con el mismo en el medio, sino la potencial ingestión o consumo de productos contaminados dentro de la escala trófica, lo que genera un efecto de magnificación de las concentraciones en función de lo que nos acerquemos a la parte alta de la pirámide.

Esta misma capacidad para bioacumularse en los tejidos de los seres vivos es también un factor importante para el transporte de estos contaminantes más allá de las zonas de contaminación directa, gracias a los movimientos y migraciones de muchas especies.

De esta forma, junto a los indicadores anteriores, hay un tercero, también importante, que da una idea de la peligrosidad de estos COPs, que es el Factor de Biomagnificación (BMF) que sirve para medir la capacidad de transferencia de un contaminante a través de la dieta. Los COPs pueden tener niveles de hasta 200 de este factor, según diversos estudios realizados para grandes predadores, lo que da una idea de la peligrosidad asociada a estos compuestos.
Representación piramidal simplificada de cadena trófica.

Y recordemos que el ser humano se encuentra en la cúspide de la pirámide, por lo que será, evidentemente, de las especies que más concentración de este tipo de compuestos presente. Además, a esto hay que añadir que somos mamíferos, por lo que hacemos que nuestros hijos hereden estos compuestos a través del embarazo y la lactancia (se calcula que la madre transmite al bebé, durante la lactancia, hasta un 60% de los tóxicos acumulados en su tejido mamario durante toda su vida), y además prorrogamos el consumo de leche y derivados durante toda nuestra vida, por lo que incrementamos nuestro nivel de exposición considerablemente frente a otros seres vivos.

En conclusión, el ser humano es finalmente una de las principales dianas en la acumulación de los COPs, de forma tal que todos y cada uno de nosotros acumulamos trazas de estos compuestos en nuestro cuerpo poco a poco y sin que nos percatemos de ello.


→ Tóxicos:

Víktor Andríyovich Yúschenko
Afectado por cloracné
tras un intento de
envenenamiento con dioxinas
Fotografía de Muumi en Wikipedia
Existen multitud de productos químicos y sustancias diversas con propiedades iguales o similares a las que hemos mencionado, todos ellos formando parte del universo sintético al que estamos expuestos en nuestro día a día, pero buena parte de ellos o son innocuos o sus efectos sobre el medio ambiente y la salud aún no se han demostrado o sencillamente no son patentes. Y es que todas las propiedades anteriores carecerían de importancia si los COPs no tuviesen una tercera propiedad, que es su toxicidad.

De hecho, algunos COPs, como determinadas dibenzoparadioxinas, son unos tóxicos muy potentes, con dosis letales que se cifran en los 0,25 mg/Kg de promedio, muy por debajo de "venenos clásicos" como el arsénico (DL50 10 mg/kg).

Pero el problema de los COPs no está solo en su toxicidad aguda por la potencial ingestión de grandes cantidades de estas sustancias, algo que desde luego es poco factible salvo por circunstancias particulares generadas por accidentes o malos usos, sino en el taimado efecto que tienen cuando de forma crónica se van acumulando en los seres vivos, representando un grave riesgo para la salud y para su normal desarrollo, en un cócktel mortal de compuestos que pueden tener graves efectos sobre la salud.

Los COPs son compuestos ampliamente reconocidos por la comunidad internacional por su nocividad, habiéndose demostrado que una exposición crónica a pequeñas cantidades de los mismos puede generar problemas graves tanto en el sistema inmunológico como en el nervioso, así como en diversos órganos vitales de nuestro cuerpo, o incluso en nuestro sistema endocrino, siendo muchos de ellos cancerígenos.

Los COPs son pues unos asesinos silenciosos y discretos a los que todos estamos expuestos hoy en día.


La peor decisión que se podía tomar.

Si pensamos en por qué el ser humano puede necesitar diseñar una sustancia orgánica que sea duradera y permanezca inalterada en el tiempo lo máximo posible, sin afectar a sus propiedades físico químicas o su funcionalidad, nos daremos cuenta de que estos compuestos químicos se usan precisamente en varios campos de la actividad humana donde, además, pueden ser especialmente peligrosos para el entorno y el ser humano.

De los doce COPs que originalmente se señalaron como más peligrosos por la comunidad internacional, nueve eran precisamente pesticidas (14 en la actual lista de 21), ampliamente utilizados para el control de enfermedades transmitidas por insectos o para el control de plagas en agricultura, ya que es aquí donde la aplicación de pesticidas y herbicidas requiere de productos químicos que sean lo más persistentes posible en el medio, prolongando su actuación en el tiempo a pesar de las inclemencias meteorológicas.

Manual de aplicacion del insecticida agrícola Cesarol.
Fotografía de "Desinsectador"

El uso de pesticidas en este tipo de aplicaciones, requiere además de los mismos que tengan un alto grado de efectividad a bajas concentraciones, ya que habitualmente se aplican mediante técnicas de fumigación masiva desde el aire, mediante alfombrado del terreno, con el empleo masivo de aerosoles o pulverizaciones, etc., algo que cumplen de sobra los organoclorados, pesticidas que además actúan por contacto con dosis letales muy bajas para múltiples insectos.

Todas estas formas de aplicación y virtudes tóxicas son, sin embargo, la peor combinación posible para el uso de los COPs desde el punto de vista ambiental, y su uso en la agricultura se convierte, por ejemplo, en uno de los mayores errores que posiblemente sea capaz de cometer el ser humano, ya que el uso de estos COPs para el cultivo afecta directamente a la base de la cadena trófica del mismo ser humano, tal y como hemos visto al hablar de la bioacumulación.

De esta forma, durante años se han estado dispersando por extensas áreas COPs de alto impacto ambiental y toxicidad como la aldrina, la dieldrina o la endrina, el clordano, el famoso DDT, el Heptacloro, el HCH en sus distintos isómeros (incluido el famoso Lindano), el HCB (hexaclorobenceno), el toxafeno o la clordecona, entre otros compuestos organoclorados.

Anunción de Insecticida ORION para el hogar.
Publicado en el ABC en Junio de 1966
Fotografía de "Desinsectador"
Pero es que además de en la agricultura, muchos de estos insecticidas / plaguicidas fueron ampliamente utilizados como medios de combate de plagas en ambientes urbanos e incluso en el hogar. 

Durante décadas muchos de estos COPS fueron usado a discreción dada su supuesta inocuidad y su excepcional funcionamiento, planteándose incluso como un medio de lucha preventivo, tal y como se puede ver en el anuncio de ORION, o como sistema para la desparasitación en tiempos de guerra, dado su bajo coste y su persistencia en el tiempo.

Jabon con DDT de Cruz Verde.
Fotografía de "Desinsectador"
De hecho, su uso se generalizó tanto, que alguno de estos productos se convirtió en imagen y referencia de los nuevos avances de la industria química de aquellos años, y se  integró su uso incluso en productos de higiene personal, como jabones, champús antipiojos, etc, en ocasiones incluso combinando diversos COPs para incrementar su potencia y eficiencia.

Todos estos pesticidas son tóxicos por sí mismos, y presentan en la mayoría de los casos una importante persistencia en los distintos medios: agua, suelos e incluso atmósfera, resistiéndose a su degradación natural. Sin embargo, cuando estos compuestos se descomponen por la acción del medio, o se metabolizan por los seres vivos, generan en muchos casos subproductos de su asimilación que son tanto o más peligrosos que sus antecesores, con similares propiedades, por lo que resulta muy difícil seguirles la pista en muchos de los casos.

De hecho, alguno de estos productos de la descomposición, como la dieldrina (procedente de la aldrina), el heptacloro (procedente del clordano), o la clordecona (procedente del mirex) se fabrican, formulan y usan también como pesticidas, con propiedades igual de peligrosas que sus antecesores o incluso peores, pues suelen ser complejos químicos incluso más estables en el medio ambiente que sus predecesores.

Si el uso de estos productos pesticidas en sí mismo es un error monumental, como hemos podido comprobar, a él tenemos que añadir otro error incluso aún mas grave: el de su fabricación.

En muchas ocasiones en el proceso de producción y afino de estos pesticidas se generan incluso mayores volúmenes de residuos y vertidos que de producto final, conteniendo incluso mayor volumen de COPs. Por poner un ejemplo, la fabricación del Gamma-HCH (más conocido como Lindano puro) supone la generación de nueve veces más volumen de rechazos que de producto final, compuestos en su mayoría por disolventes e isómeros de HCH que son tanto o más peligrosos que el "original".

De esta forma, las actividades de fabricación de estos compuestos se han convertido históricamente en graves focos de contaminación ambiental, siendo incontables los delitos ecológicos cometidos, tal y como veremos en la segunda parte de este post.


No solo de pesticidas muere el hombre.

No todos los COPs que existen son pesticidas o fungicidas de amplio espectro. De hecho, existen COPs que además de haberse utilizado en estos usos se han destinado a otros, gracias a alguna de sus propiedades más destacadas. Es el caso, por ejemplo, del Mirex o del Pentaclorobenceno (PeCB), que empezaron utilizándose como pesticidas y terminaron siendo utilizados como piroretardantes en plásticos y equipos eléctricos y electrónicos, así como aditivos en diversos productos.

Destacan también otros COPs, como el HCB (hexaclorobenceno) que si bien se ha utilizado como pesticida ampliamente, se ha usado también para otros productos como los pirotécnicos o la fabricación de gomas, pero sobretodo se ha generado accidentalmente como contaminante en muchos procesos de fabricación químicos, metalúrgicos, o incluso en la incineración de residuos.

Similar al HCB en cuanto a su fuente generación, son las dibenzoparadioxinas (dioxinas o PCDDs) y los dibenzofuranos policlorados (furanos o PCDFs), que son dos grupos de compuestos tricíclicos de propiedades químicas muy similares pero con distintas toxicidades en función del isómero de que se trate y el contenido en cloro.

La generación de dioxinas y furanos es fundamentalmente accidental, como subproducto en la formulación de otros COPs, o como contaminante en la combustión o degradación de compuestos halogenados en combustiones por debajo de 800ºC, catalizadas además en presencia de medios carbonatados y alcalinos con aporte de metales (como por ejemplo la combustión de carbón).

Esto hace que las dioxinas puedan estar presentes en multitud de procesos, como los de incineración, en combustiones de todo tipo en las que intervengan compuestos halogenados o donde existan restos de COPs, en la fundición, sinterización, refinado o reprocesado de metales, en determinadas etapas de la fabricación de cementos, o incluso en la combustión de determinados combustibles fósiles o biomasas contaminadas.

Estos compuestos, conocidos por ser utilizados a menudo por ONGs en contra de la implementación de incineradoras o cementeras, o por haber salido a la palestra en alguna ocasión por temas alimentarios, como el caso de los pollos belgas (en mayo de 1999) que consumían piensos contaminados, presentan especies con una alta toxicidad (tal y como hemos visto antes) y una persistencia que puede llegar a los 60 años en suelos.

Transformador con contenido en PCBs identificado en etiqueta.
Fotografía de Sturmovik . Wikimedia Commons

Tan famosos como las dioxinas y los furanos son los PCBs (Bifenilos Policlorados), una familia de organoclorados compuesta por unos 209 congéneres, caracterizada fundamentalmente por ser compuestos termoestables, con una bajísima conductividad eléctrica y no inflamables, a la que se debe unir la familia de los PCTs (Terfenilos Policlorados), con similares propiedades.

Estos compuestos, que Monsanto comenzó a producir a escala industrial en 1929, y de los que siempre ha sido su principal productor (con cerca del 54% de la producción mundial acumulada), se han utilizado ampliamente como retardadores de llama, aditivos de plásticos, resinas y pinturas, aceites lubricantes estables y, sobretodo, como aceites dieléctricos en transformadores y condensadores. Además de estas fuentes, los PCBs, al igual que las dioxinas y furanos o el HCB, también se pueden generar de forma accidental y liberarse de forma no intencionada en otros procesos de fabricación o incineración.

Actualmente estos compuestos están prohibidos en cuanto a su fabricación, pero su extensión a lo largo del planeta ha sido tal que existen millones de toneladas repartidas que deben sustituirse con las máximas precauciones y eliminarse de forma controlada, ya que las mezclas más cloradas pueden tener grandes persistencias en el medio y potenciales de bioacumulación de hasta 100.000, siendo el mayor peligro de este químico el de su exposición a bajas dosis y a largo plazo, ya que es un cancerígeno y disruptor del sistema endocrino.

Menos conocidos para el público en general quizás que los PCBs o las dioxinas, pero con una extensión en su uso incluso más preocupante, por lo cotidiano de esta sustancia, son los compuestos organobromados, entre los que encontramos los Bifenilos Polibromados (PBBs) o sus éteres, conocidos como BDE (bromodifeniléteres, en sus distintas versiones penta, hepta, tetra o hexa), unos compuestos similares a los PCBs, pero sustituyendo el cloro por otro halogenado, el Bromo.

Espuma de poliuretano - uno de los materiales que utilizó BDE en su composción.

Estos compuestos quizás sean más conocidos para todos como "retardantes de llama bromados", dado que se han utilizado principalmente como aditivos en multitud de aplicaciones destinadas a retardar la aparición de llama en productos inflamables. El más habitual es el pentaBDE, que se incorporaba a la espuma de poliuretano utilizada como relleno en sofás, sillones, asientos y otros muebles o utensilios, con contenidos entre el 10% y el 18%, aunque afortunadamente ya prácticamente se ha sustituido.

También se han utilizado estos compuestos como aditivos retardantes en productos eléctricos y electrónicos, textiles, polímeros y gomas, entre otros. De hecho, a principio de los años 90 el consumo principal del pentaBDE estaba derivado al sector textil, con casi un 60% de la producción total. Se ha utilizado también prolíficamente para espumas aislantes en construcción (con contenidos de hasta 220 g/kg) o en telas plásticas de PVC (con contenidos de hasta 49 g/kg).

La comercialización y uso de estos productos quedó prohibida en 2004, aunque bien es cierto que desde mediados de los años 90 ya prácticamente no se usaban más que para las aplicaciones de poliuretano en espumas, habiéndose sustituido prácticamente de forma completa en los textiles.

Estos compuestos se incorporan al medio ambiente durante su propia fabricación, pero principalmente durante su uso o en la misma eliminación del producto que los lleva, pudiendo integrarse en el material particulado desprendido, vía que se considera la principal, o evaporándose y condensándose posteriormente. 

Las evidencias de propagación de los organobromados en el medio ambiente son alarmantes, ya que se encuentran en prácticamente cualquier organismo a escala mundial, y las concentraciones registradas se han ido incrementando progresivamente hasta hace bien poco. El BDE se ha encontrado incluso en focas en el Ártico, y su concentración en peso presentaba incrementos que podían ir de 0,57 µg/kg en 1981 a 4,62 µg/kg en el 2000, encontrándose en grasa concentraciones de hasta 8325 µg/kg.

El peligro de estos compuestos, al igual que el ya visto para otros muchos COPs, es su capacidad para actuar como disruptores endocrinos y su potencial cancerígeno, habiéndose demostrado en varios estudios su capacidad de generar daño a nivel cromosómico. 


By Brocken Inaglory, CC BY-SA 3.0.
Por último, cabe hablar del PFOS (uno de los últimos COPs incluidos en la lista del Convenio de Estocolmo), y que pasa a integrar en esta lista a los orgánicos compuestos por el primer halógeno, el flúor, siendo el que podríamos llamar "el rarito de la clase", dadas sus peculiaridades.

El sulfonato de perfluorooctano (PFOS) forma parte de la gran familia de los perfluoroalquilos, y junto con el PFOA (ácido perfluorooctanoico), el PFOS, forma parte de la mayoría de las exposiciones a sulfonatos de perfluoroalquilos del mundo, siendo las vías de exposición más frecuentes para el ser humano la exposición a agua o alimentos contaminados.

Estos compuestos son unas sustancias con unas propiedades increíbles, que los hacen de hecho insustituibles para muchos de sus usos. Su principal propiedad es que repelen igualmente agua que lípidos, por lo que se han usado de forma extendida durante años para el tratamiento y protección de textiles, cuero, papel y otros materiales, así como agentes tensioactivos en diversos productos de limpieza, tratamientos superficiales y especialmente en espumas y medios de lucha contra incendios.

El PFOA, de hecho, es aún hoy en día utilizado ampliamente como emulsor en el proceso de polimerización del PTFE, más conocido como teflón, y por lo tanto está presente en los usos que se da a este material, tales como sartenes, prendas de Goretex, etc. 

De hecho, sin nos vamos a cualquier supermercado ahora, podremos comprobar cómo en los últimos años han proliferado las sartenes PFOA-free, más caras que las tradicionales de Teflón, así como otros muchos productos con esta caracterización. Y es que PFOA y PFOS comparten múltiples propiedades y, por lo tanto, es de esperar que sus efectos sobre la salud y el medio ambiente sean muy parecidos, por lo que sus usos se están limitando cada vez más.

Además de estos usos, se utilizan también como aditivos antierosión en fluidos hidráulicos de alta exigencia, especialmente en aviación, en fotolitografía y semiconductores, etc, siendo precisamente estas aplicaciones más especializadas las que encuentran mayores dificultades para su sustitución.

Su otra característica es que es un compuesto indestructible por medios naturales. El PFOS ni se hidroliza, ni se fotodegrada, ni se biodegrada por ninguna ruta, teniendo un periodo de semivida estimado de 41 años, siendo la única forma de destruirlo la incineración a altas temperaturas en atmósferas controladas.

Al ser lipofóbico e hidrofóbico a la vez, el PFOS no sigue el patrón habitual de bioacumulación de otros COPs vistos hasta el momento, y de hecho, si atendiésemos a su Factor de Bioacumulación (BCF), normalmente rondando los 3000, no podría considerarse como tal por el Convenio de Estocolmo, al no superar las 5.000 unidades.

Esta baja bioacumulación es debida precisamente a sus propiedades hidro-lipofóbicas, que hacen que en vez de unirse a los lípidos tenga tendencia a acumularse en las proteínas del plasma o en las proteínas hepáticas transportadoras de ácidos grasos. En este medio, si bien el cuerpo tiene mayor tendencia a la asimilación de este contaminante que a su eliminación, tiene medios para ello, así que, en ausencia de exposición, se presenta cierta capacidad de depuración y los tiempos medios de permanencia acumulados se presentan "cortos" (inferiores a 150 días).

Por contra, su rápida asimilación en los sueros hace que su factor de biomagnificación (BMF) se presente elevado, por lo que en la escala trófica parece tener una incidencia importante, habiéndose llegado a detectar incluso a concentraciones mayores que cualquier otro COP en organismos como el Oso Polar (que presentaba niveles máximos de hasta 4.000 ng/g en hígado). Este hecho, unido a su elevada persistencia en el medio vista anteriormente, han hecho que finalmente se haya considerado incluir a este producto entre el listado de COPs del Convenio de Estocolmo.

Sus efectos sobre la salud son aún poco conocidos, algunos estudios empiezan a asociar alteraciones hormonales a la existencia de este compuesto, y en concreto parece que podría afectar a los niveles de colesterol. Dada su afinidad por las proteínas del hígado, este órgano se convierte en el primer objetivo del PFOS generando alteraciones en el mismo, en su funcionamiento y, según algunos estudios en animales, pudiendo incluso producir tumores. Uno de los antiguos mayores fabricantes de este producto, la multinacional 3M (que eliminó este producto en 2002 ante los primeros indicios sobre su impacto ambiental), ha desarrollado múltiples trabajos y estudios sobre este producto, y alguno de los estudios sobre sus trabajadores parece establecer un aparente incremento en la mortalidad por cáncer de vejiga. 


Lo que está claro es que la emisión de todo este tipo de compuestos a nuestro ambiente, y su progresiva acumulación en nuestros cuerpos, se convierte en un cocktel mortífero que según muchos expertos podría justificar el incremento que estamos experimentado en las últimas décadas en la incidencia de enfermedades autoinmunes, disrupciones y problemas endocrinos cada vez más graves, o incluso la prevalencia de determinados tipos de cánceres.



Este artículo doble se lo quería dedicar a un amigo que hace poco se fue dejando el hueco que solo deja la gente buena de verdad.
Una excelente persona a la que seguro muchos recordaremos toda nuestra vida. 
Gracias David por todo lo que nos has dado, eres y serás un tío grande.



Enlaces de interés:


Muchas de las fotos de este artículo proceden del Blog de "El Desinsectador", un profesional donde los haya, especialista en el control de plagas urbanas. En sus post se puede encontrar, además de información precisa y muy interesante sobre este tema, referencias gráficas increibles de las cuales este post sólo muestra algunas. Muchas gracias !!!!




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